Una conversación sobre primeros ascensos, libros, speed ascents y las emociones que unen a generaciones de escaladores en los Andes.

Photo: Machu
Cuando pienso en el Cerro Arenas de 4.366 metros, su figura mítica se dibuja de inmediato en mi mente, como si la montaña hubiese sido creada intencionalmente por algún ser legendario. Su silueta es tan especial y reconocible que resulta imposible confundirla con otra.
La primera vez que la vi, nació en mí el deseo de escalarla y de retratarla en papel y acuarela. Así, apenas completé mi primer ascenso en modo mountain running por el día, llegué a casa decidido a dibujarla. Sin saber nada de arte, simplemente me puse a jugar con lápices y acuarela.
Lo que comenzó como un simple bosquejo terminó convirtiéndose en una representación casi mágica, incluso psicodélica. Una imagen que refleja con bastante fidelidad aquello que muchas veces experimento mientras asciendo: una suerte de fantasía mental, un estado en el que la montaña parece transformarse en algo más que roca y paisaje, adquiriendo una presencia casi sobrenatural.

Sin embargo, antes siquiera de poner un pie en una montaña, surge mi lado más nerd cuando me pongo a estudiar su historia. Ahí comienza mi fascinación. Porque, como siempre digo y como también he escrito en otros de mis blogs: “corro y escalo con la memoria llena de huellas ajenas”.
Y el Cerro Arenas sí que tiene historia: escaladas épicas, primeros ascensos y audaces free solos.
Pero su historia no se limita a lo deportivo. Para mí, el Arenas es también un símbolo de resistencia frente a la explotación, la avaricia y la obstinación de quienes intervienen la naturaleza sin comprenderla ni respetarla.
Esta montaña ha sido testigo silencioso del proyecto Alto Maipo, observando cómo el ser humano explota sus entrañas e interviene sus ríos bajo el pretexto del progreso. Sin embargo, la montaña ha resistido, y el proyecto nunca llegó a convertirse en aquello que sus promotores prometían.

Photo: Felipe Tapia
Ahora bien, hablar del Cerro Arenas es también hablar de Jozsef Ambrus, la leyenda húngara de los Andes. Explorador de paredes imposibles y precursor de una época anterior al auge moderno de la escalada chilena, Ambrus dejó una huella profunda en la cordillera central. Para muchos montañistas, fue mucho más que un escalador: fue un mentor, un ejemplo de compromiso con la montaña y una inspiración que sigue viva en cada nueva generación.

Photo: Machu
Nacido en Hungría y formado entre las montañas de Chile, Jozsef Ambrus se convirtió en una de las figuras más sobresalientes del andinismo nacional durante la década de 1960. En un período sorprendentemente breve desarrolló actividades extraordinarias, encadenando exploraciones, aperturas de rutas y primeras ascensiones que ampliaron los límites del montañismo en los Andes centrales.
Su nombre quedó en la historia en 1962, cuando junto a César Vásquez y Miguel Gómez consiguieron la primera ascensión de la exigente pared sur del Cerro Arenas. Con apenas 18 años, Ambrus fue protagonista de una escalada que marcaría un antes y un después en la evolución de la escalada técnica en Chile.
A lo largo de los años siguientes continuó explorando sectores poco conocidos de la cordillera, abriendo nuevas rutas y alcanzando cumbres que hasta entonces permanecían vírgenes. Entre sus aventuras más recordadas destaca una extensa travesía en solitario por los glaciares Olivares, donde durante diez días recorrió un inmenso paisaje de hielo guiándose únicamente por su experiencia y capacidad de orientación.
Uno de los puntos culminantes de su carrera llegó en 1966 con la apertura de la pared sur del Mesón Alto junto a Gastón Oyarzún. La dificultad y visión de aquella ruta la convirtieron en una ascensión adelantada a su época, ganando con los años un lugar especial en la historia del alpinismo chileno.

Photo: Machu
Hace algunos años, mientras escribía un artículo para Patagonia Chile, después de haber realizado el Fastest Known Time (FKT) del Cerro La Paloma de 4.910 metros, busqué antecedentes geológicos para complementar el texto. Desde la cumbre había podido observar la enorme intervención minera sobre los glaciares, y quería incluir información técnica al respecto. Fue entonces cuando encontré un párrafo escrito por Jozsef en su libro 17 Crónicas Sombrías. En el capítulo La muerte de los glaciares, relata una historia que, hasta ese momento, yo desconocía por completo y que me dejo impactado y con ganas de saber más.
A continuación el párrafo escrito por Jozsef:
“Es curioso destacar que la intervención de glaciares no es tema nuevo en la historia reciente de Chile; pocos saben que durante la gran sequía de 1995, el gobierno de la época ordeno a la Fuerza Aérea el bombardeo del Glaciar La Paloma, con el fin de acelerar su derretimiento y generar un paliativo para la sequía. Ante la consternación y protesta de la ciudadanía y en especial de los andinistas, los aviadores bombardearon en forma diligente, durante varios días, distintos puntos del glaciar (afortunadamente no se les ocurrió esparcir hollín en su superficie) y lograron, además de llenar de cráteres el glaciar, desprender parte de la lengua colgante – ¿Y que paso después? – Nada: Los cráteres quedaron tapados con las nevadas del invierno siguiente y el hielo desprendido formo un pequeño glaciar regenerado de piedemonte y como se encontraba encima de la linea de nieves permanentes, quedó ahí por varios años…y por supuesto, el caudal del Estero Yerba Loca, que se pretendía incrementar, no sufrió variación alguna. Es un buen ejemplo de cómo la ignorancia es la peor consejera si se pretende intervenir de cualquier forma la naturaleza¨.

Del ascenso en solitario al Cerro La Fortuna 4.158 m
Quedé tan impactado por la historia que sentí la necesidad de saber más. Incluso soñaba con conocer a József para poder escuchar, en sus propias palabras, ese relato y ojalá muchos otros, ya que además ambos compartimos un cariño especial por las montañas de Yerba Loca.
Así fue como partí intentando conseguir su libro. Pero me resultó imposible: se habían editado muy pocas copias y no logré dar con ninguna. Algo desanimado, se me ocurrió una idea un poco patuda: conseguir el teléfono de József y escribirle como un admirador, preguntándole si aún conservaba algún ejemplar que pudiera prestarme. En el fondo, era también la excusa perfecta para poder reunirme con él y conversar sobre montañas.
Escribí al DAV (Club Alemán Andino) y me facilitaron su número. Le envié un mensaje, y para mi sorpresa me respondió de inmediato con mucha amabilidad. Creo que más que mi interés por el libro, le llamó la atención mi deseo de escuchar sus historias. Y aunque ya no está tan ligado a la montaña como antes, se nota que alguien como él no olvida lo vivido: sigue amando hablar de montañas.
Me invitó a su departamento para compartir sus libros y conversar sobre nuestra pasión común por la escalada. Imaginen mi entusiasmo y felicidad al poder conocer a la leyenda que tanto me ha inspirado.
Nuevamente, como ñoño, antes de reunirme con él, me puse a leer más de su vida, sus libros y sus escaladas, casi como cuando un periodista está por entrevistar a su ídolo. Preparé con mucha dedicación un par de ilustraciones para llevarle de regalo: una del Cerro Arenas y otra de las Torres del Paine.

Me recibió con una sonrisa enorme, una sonrisa que guarda historias y, por sobre todo, nobleza. Apenas entré a su departamento me invitó a conocer su bar, y lo primero que llamó mi atención fue un antiguo piolet y un martillo que colgaban de una pared. Junto a ellos, un cuadro enorme con la cara sur del Cerro Arenas.
Con mucho entusiasmo y, sobre todo, orgullo, me trajo sus libros: nuevos, impecables, que guardaba como tesoros. Comenzamos a hojearlos juntos, página a página, y sin darnos cuenta nos fuimos metiendo en una conversación que ya no era solo sobre montañas, sino sobre lo que las montañas hacen con uno por dentro.
Luego le di las ilustraciones que le traía de regalo. Le encantó especialmente la del Cerro Arenas, por lo mucho que significaba para él. Me dijo que le gustaban los colores; ahí sentí, por un momento, que quizás compartíamos esa sensación extraña, casi psicodélica, de cuando se escalan montañas.
Me pidió que por favor me encargara de enmarcarle las ilustraciones, así podríamos volver a vernos. Obviamente acepté con gusto. Entonces me dijo que los libros eran para mí. Así, simplemente. Un regalo que no se olvida. Salí de su casa sintiéndome como cabro chico, con los libros apretados contra el pecho, como si me hubiera confiado algo más grande que papel: una parte de su mundo.

Photo: Machu
Nos reunimos por segunda vez. Al igual que en la primera ocasión, esta vez volvimos a hablar y hojear sus libros, ya que había tenido la oportunidad de leerlos un par de veces. Le comenté que ambos me habían gustado mucho y que incluso había un capítulo que leí más de una vez. El capitulo La Primera Pared, donde relata su primer ascenso a la pared sur del Arenas. Más allá de los detalles técnicos de la escalada, lo que quedó grabado en mi memoria fue un momento muy particular relacionado con la comida y el agua. Comparto a continuación ese extracto:
“No queremos vivaquear en las condiciones de ayer y decidimos pasar la noche sobre el tapón. Ignoramos lo que nos queda más arriba y estamos muy cansados. No tenemos combustible ni comida. Quemando unos papeles y un cabo de vela logramos derretir un poco de nieve y raspando el fondo de las mochilas obtenemos unos restos de avena y azúcar”

Photo: Machu
Evidentemente me sentí súper identificado con ese relato. Cuando comencé a escalar, hace más de 20 años, muchas veces no tenía «ni uno», como se dice popularmente. Por eso viví situaciones muy parecidas en innumerables ocasiones, saliendo a escalar prácticamente a punta de pan y agua. Es una etapa que recuerdo con cariño, porque, a pesar de las dificultades, la pasión por la montaña y la escalada siempre fue más fuerte que cualquier carencia material.

Photo: Machu
Conversamos de varios temas. Me contó que el Rai de Andraca lo había visitado hace poco y que habían conversado sobre el tremendo ascenso que Rai realizó junto al Diego Sáez a la Pared Sur del mítico cerro El Brujo (4.460 m). Me alegró saber que más escaladores lo visitan.

Photo: Machu
Por mi parte, también le entregué las dos ilustraciones que le había llevado de regalo, esta vez enmarcadas.

Photo: Machu
Además, como ambos compartimos un cariño especial por las montañas de Yerba Loca, le conté que el invierno pasado había escalado en solitario el canalón suroeste del Altar Falso (4.549 m)

Y que, en abril de este año, junto a mi amigo Felipe, habíamos logrado el Fastest Known Time (FKT) del Cerro Arenas (4.366 m). Completamos el recorrido en 5 horas y 9 minutos, subiendo y bajando la montaña desde el estacionamiento Mirador del Volcán, pasando por la cumbre y regresando al mismo punto de partida.
Fue un proyecto de amistad, mountain running y también una forma de poner en valor lo que tenemos.

Junto al partner Felipe Tapia.
A continuación comparto un poco de esa experiencia:
Elegir desde dónde comenzar y apretar el botón de START en el reloj para dar inicio oficial a este FKT no fue algo fácil.
En 2021 había subido y bajado por primera vez el Cerro Arenas desde el puente La Engorda, en solitario, en aproximadamente 8 horas roundtrip. Probablemente fue también el primer ascenso en estilo mountain running y en el día. Aquella vez entré sin permiso, cruzando la barrera de madrugada como forma de protesta frente a la administración del valle.
Para entonces, el valle ya había sido adquirido por sus actuales dueños, quienes además tenían vínculos con Alto Maipo. Recuerdo una charla en 2018, en el gimnasio de escalada donde yo hacía clases, donde explicaron que la compra tenía fines de conservación y que nunca cobrarían entrada. Sin embargo, apenas tomaron control, las cosas no fueron como prometieron.
La idea de que un valle tan importante, para escaladores, montañistas, esquiadores y la comunidad en general, pase a ser propiedad privada genera incomodidad. Y con razón: las dudas siempre estuvieron, especialmente por el impacto en las comunidades locales y en el acceso a sectores históricos de escalada. A eso se suma el largo historial de intervención de Alto Maipo en la zona, que ha puesto en constante riesgo el acceso libre a la montaña.
Ahora, en 2026, decidí registrar este FKT. Y aunque me habría gustado hacerlo al margen del sistema, como forma de protesta frente a los altos cobros y la falta de infraestructura, servicios o mantención, hay algo que pesa más: el respeto por las reglas.
Porque si bien no estoy de acuerdo con pagar por acceder a la montaña en estas condiciones, sí creo que, cuando se hace bien, una entrada debería reflejarse en conservación, educación y apoyo a comunidades locales. Si ese fuera el caso, muchos, incluyéndome, estaríamos dispuestos a pagar con gusto. Pero lamentablemente, aquí no es así.
Aun así, seguir las reglas del Fastest Known Time es mandatorio. No solo por lo legal, sino también por lo ético: si queremos que otros repitan esta ruta y este FKT, todos debemos jugar bajo las mismas condiciones. Por eso, la invitación es a quién quiera intentarlo, que en lo posible lo haga de manera protocolar, con permiso y entrada, aunque no estemos de acuerdo.
Para este proyecto invité a mi amigo Felipe Tapia. Semanas antes, mientras escalábamos en Pared de Jabbah, vio el Arenas por primera vez desde esa perspectiva. Bastó mencionarle la idea para que se motivara de inmediato.

Photo: Felipe Tapia
Decidimos comenzar desde el estacionamiento alto, el Mirador del Volcán, ya que es el último punto accesible en auto. Para llegar ahí hay que pagar $10.000 por vehículo, además de los $5.000 por persona. No es menor, pero al menos permite evitar varios kilómetros de camino vehicular en mal estado que poco aporta a la experiencia.
Desde la barrera, tocándola, dimos inicio y término al recorrido.
La montaña es simplemente espectacular: técnica para correr, salvaje, vertical, sin tregua. Cruces de río, terreno suelto, y un entorno andino imponente. Puro mountain running.
Nuestra meta era completar el recorrido en unas 7 horas ida y vuelta. La sorpresa fue enorme cuando logramos hacerlo en 5 horas y 9 minutos.
En la bajada tomamos algunas variantes. La ruta de ascenso tiene mucho material suelto, y ya habíamos tenido varios sustos con caída de rocas provocadas por nuestro propio paso. Cambiar la línea fue necesario para movernos con mayor seguridad y fluidez.
Una montaña grande, hermosa y exigente. Un lugar perfecto para meterse en los 4.000 y correr lejos de todo.

Photo: Felipe Tapia
A pesar de que esta actividad fue absolutamente distinta en todo sentido al primer ascenso a la pared sur de Ambrus, Vásquez y Gómez. Si que tiene algo de aquel espíritu, porque el deporte y la historia mutan constantemente, transformando actividades aparentemente normales en experiencias especiales y trascendentes para quienes las viven, independientemente de si son técnicas o constituyen una primera vez.
Lo importante es cómo, hoy en día, la exploración encuentra nuevas razones para existir. La exploración interior y la búsqueda de los propios límites también son formas de descubrimiento, espacios donde el performance y la aventura se conjugan en una mezcla que, de una u otra manera, también honra a quienes fueron los primeros.

Photo: Machu
La huella de Ambrus va mucho más allá de sus logros deportivos. Su ejemplo ha inspirado a generaciones de escaladores y exploradores, incluyéndome. Por eso, este FKT lleva consigo algo de su espíritu y de su historia. Este FKT y este blog están dedicados a él, a Ambrus, la leyenda húngara de los Andes.

Photo: Machu