3 montañas de 4.000 metros, en solitario, en speed.
Nueva ruta, muerte, nacimiento y mountain running del más puro.

Photo: Carmen Wetzel
El mes de mayo ha sido una verdadera locura.
Completé proyectos deportivos que tenía planificados concretar recién para mitad de año, crucé la barrera de los 40 años y, apenas unos días después, mi abuelo paterno, nuestro querido Tata Lelo, dejó el mundo terrenal.
En medio de todo eso, y en 9 días, ascendí 3 nuevas montañas de 4 mil metros en un valle que nunca había explorado: en solitario, por el día, en estilo speed y abriendo una ruta nueva.
Para mí, las emociones, ya sean felicidad, tristeza o duelo, nunca han sido un freno. Por el contrario son combustible. Un fuego interno que transforma cada golpe, cada alegría y cada pérdida en energía para avanzar, resistir y, sobre todo, para una de las cosas que más amo: crear.
La montaña es el lugar donde ese fuego toma forma.

Photo: Carmen Wetzel
Para crear necesito soledad.
Vivimos en un mundo lleno de reglas, y como somos una sociedad, muchas de esas reglas están bien; resultan útiles para poder vivir en sana convivencia. Pero cuando te das un tiempo alejado de la sociedad y de la ciudad, no hay reglas, solo las reglas de la naturaleza y, en el caso del deporte, las reglas éticas y técnicas que son parte de un juego limpio.
En sociedad, con compañía constante, tenemos demasiados estímulos. Buenos o malos no es el punto; pero siento que al estar siempre bajo observación, siendo juzgados e influenciados, tenemos pocas posibilidades de saber con exactitud, en profundidad y con el corazón, lo que realmente queremos en la vida. En soledad me he aprendido a conocer, sin ego, sin jueces, sin opiniones; solo yo conmigo mismo, hablándome por horas y horas, diciéndome verdades y despejando miedos y mentiras que tenía sobre mi mismo.
La soledad es pureza en su estado máximo. En mi caso, la creatividad que se manifiesta en mí es inconmensurable y mis emociones se exacerban de una manera tan mágica que es como si mi mente y mi cuerpo se conectaran con el medio, y eso me entrega una felicidad inmensa.

Photo: Carmen Wetzel
Esto es una de mis típicas cosas de nerd, pero nací un 8 de mayo y, como admirador de Reinhold Messner, siempre intento regalarme ese día un poco de soledad, algún ascenso nuevo para mi e inspirarme leyendo y viendo documentales sobre uno de los mayores hitos en la historia del alpinismo y del rendimiento humano.
El 8 de mayo de 1978, Reinhold Messner y Peter Habeler se convirtieron en las primeras personas en alcanzar la cumbre del Monte Everest (8.848 m) sin utilizar oxígeno suplementario.
Con ello lograron superar una barrera que, hasta entonces, se consideraba fisiológicamente imposible: sobrevivir y rendir por encima de los 8.500 metros, en plena “zona de la muerte”, sin apoyo artificial de oxígeno.
Más que una hazaña deportiva, aquello fue una demostración brutal de voluntad humana. Un momento en que dos personas decidieron enfrentarse al límite absoluto del cuerpo y descubrir que, quizás, ese límite estaba un poco más allá de lo que el mundo creía posible.

Ahora, volviendo a mi humilde realidad de los mortales y del tema de este blog. Mientras le daba el pegue a estos cuatromiles senti nuevamente ese estado de flow, que es un concepto de la psicología propuesto por Mihaly Csikszentmihalyi.
En ese estado, la atención se vuelve tan intensa y tan bien sincronizada con la acción que ocurren algunas de estas cosas:
- La percepción del tiempo parece distorsionarse. Aveces parece ir más lento o más rápido.
- El cuerpo actúa casi de forma automática, sin necesidad de “pensar” cada movimiento.
- La mente deja de interferir con dudas o análisis excesivo.
- La acción y la percepción se sienten unificadas: ves – reaccionas – te mueves, sin pausas conscientes.
Cuando vivo ese estado, es como si mi cuerpo y mis piernas se movieran en base a lo que mis ojos ven. Y mientras mis ojos encuentren un camino para avanzar, el cuerpo seguirá sin detenerse, sin sobrepensar, sin dudas, solo con confianza y libertad total.
Tal vez por eso amo tanto esto: porque es como ser libre de verdad, sin miedo, sin fricción interna, solo fluyendo con el presente total. En ese instante todo se siente más ligero, más natural, como si no hubiera nada más que la naturaleza y mi cuerpo en movimiento. Es una sensación de seguridad profunda, como si el mundo dejara de ser algo que tengo que controlar y pasara a ser algo con lo que simplemente bailo. “Quizá por eso creo, con tanta firmeza, que subir montañas es hermosamente simple.”

El término pirqa o pirka que proviene del quechua y aimara significa pared o muro de piedra. Estas estructuras de piedra fueron utilizadas por culturas preincaicas y el Imperio Inca.
Me gusta buscar 4 miles para ascender en estilo mountain running. En Chile existen muchísimos y estos suelen ofrecer las condiciones ideales para este tipo de deporte. Generalmente están alejados, con entretenidas secciones técnicas pero también con tramos donde se puede correr con fluidez. Muchos de ellos tienen solo un par de ascensos, otros no tienen ascensos o rutas definidas, lo que abre la posibilidad de explorar.
En mi oficina tengo mapas en las paredes, por lo que cuando quiero proponerme un objetivo, siempre recurro a esos mapas físicos. Creo que en ellos aún se conserva algo del romanticismo clásico de la exploración: esa forma lenta y atenta de imaginar el territorio antes de poner un pie en el, de seguir con los dedos las quebradas, las crestas y las cumbres, como si ya se estuviera allí.
En los últimos años también he utilizado el valioso libro Cumbres de Chile, Valle del Mapocho, que me regaló su autor, mi amigo Francisco Boetsch, un libro hermoso, muy educativo y que pone en valor el patrimonio andino.
En conjunto, estos elementos no solo sirven para planificar rutas, sino que alimentan una forma más profunda de entender la montaña: como un espacio abierto, indómito y siempre dispuesto a ser reinterpretado en cada ascenso.

Photo: Machu

Así es como surgieron varios de los FKT`s, nuevas rutas y hasta un primer ascenso en Yerba Loca. Y así también nacieron estos nuevos 4 miles para mí.
Nunca había explorado este valle y fue una verdadera sorpresa: el potencial es enorme.
Partí con el Cerro Klemm, del que jamás había oído hablar. Me motivé mirando el mapa y luego busqué información en Andeshandbook, donde mencionaban una ruta normal de 2 días de itinerario. Pero el plan, como casi siempre, era hacerlo en solitario y por el día.
Salí a las 8 AM desde el estacionamiento de Valle Nevado y me lancé directo al valle del río Cepo. Ya en lo profundo del valle empalmé con la Quebrada Los Arenales y desde ahí seguí por la ruta normal.
La subida tiene una pendiente constante que no da descanso, pero el valle compensa todo: cascadas, grandes paredes y una sensación de aislamiento increíble.
Cuando estaba llegando al filo cumbrero, el que debía recorrer de norte a sur para alcanzar la cumbre, miré hacia el norte, hacia la profundidad de las montañas, y ese filo me dejó completamente hechizado. Había algo en esa línea de roca y vacío que me llamaba con fuerza.
Y aunque sabía que recorrerlo significaba alejarme de la verdadera cima, decidí regalarme ese momento. Disfrutar el flow y, por un instante, olvidarme de establecer el FKT.
Fluí por el filo solo por el placer de sentirme ahí: profundamente vivo, rodeado de silencio y libertad.
Luego retomé hacia el sur e hice cumbre en la verdadera cima. Un par de fotos y descenso por la misma ruta hasta Valle Nevado.
Detuve el reloj en el estacionamiento.
Auto – cumbre – auto: 8 horas · 20,5 km · 2.500 m D+



9 días más tarde me lancé a explorar los otros dos cuatromiles que seguían por el cordón en dirección sur: el Manantial (4.112 m) y el Laguna (4.120 m).
El plan era similar: en solitario y por el día. Pero esta vez quería hacer ambas cumbres en el mismo pegue y, además, abrir una ruta nueva. Nuevamente partí a las 8:00 AM, aunque ahora desde el estacionamiento de la curva 7 de Valle Nevado. Me lancé por la normal hasta lo profundo del valle para luego comenzar el ascenso real por la Quebrada Angosta.
Esta quebrada es brutal: sin ruta marcada, con pendiente constante y terreno muy suelto. Mucho más cerrada que la Quebrada Los Arenales y bastante más sombreada durante esta época, por lo que había bastante hielo.

Cuando llegué a lo que se conoce como el campamento base para el Capitán del Quempo, pude ver la cara del cerro Laguna y la línea que días antes había observado con binoculares desde el estacionamiento. Se veía muy entretenida porque era la línea directa, la “directísima”, como me gusta llamar a este tipo de rutas: mirar la cumbre desde el pie de vía y simplemente mandarle directo.
Disfruté el pegue de principio a fin. Hubo trepadas donde había que estar muy atento, pero que al mismo tiempo me permitían moverme con fluidez hasta alcanzar la cumbre. La cumbre no era muy clara, ya que el filo tiene tres puntas de altura similar, así que decidí recorrerlo completo hacia el este para asegurarme de estar en la cumbre real.

Una vez comprobado el punto más alto de la cumbre del cerro Laguna, me lancé por el filo hacia la siguiente montaña: el Manantial. Correr por ese filo fue hermoso. Hacia la izquierda se abría el Valle del Mapocho y, a lo lejos, la gran ciudad de Santiago; hacia la derecha, el Parque Nacional Glaciares de Santiago, en San José de Maipo.
La cumbre del Manantial sí era más evidente. Había una pequeña lata que imagino contenía testimonios. Nunca me han gustado mucho las “cosas” en las cumbres: ni cajas, ni banderas, ni hitos, ni placas conmemorativas. No estoy en contra de ellas, creo que se debe respetar la historia, especialmente de los que se aventuraron primero, pero yo simplemente prefiero reservarme el hecho de usarlas.

Mientras disfrutaba la cumbre un hermoso y juvenil caracara andino (Daptrius megalopterus) aterrizó muy cerca de mi y me acompañó durante un buen rato. Disfruté su presencia, agradecí el momento y me lancé montaña abajo para volver a casa.

Mientras descendía sentí ese estado de flow, así que la línea que surgió no fue necesariamente la más apropiada, pero la disfruté de principio a fin.
Detuve el reloj en el estacionamiento.
Auto – Co. Laguna – Co. Manantial – auto: 8 horas 13 minutos · 19,4 km · 2.500 m D+



La cumbre del Klemm no se ve pero esta justo detras desde donde sale el sol.
Photo de Carmen Wetzel en un dia de entrenamiento.
Nuevamente, estos juegos me recuerdan lo hermoso que es seguir explorando lo local. A veces no hace falta ir lejos para descubrir lugares nuevos y vivir aventuras épicas; basta con mirar el entorno con ojos curiosos y el corazón abierto.
También me impresiona darme cuenta de todo lo que aún me queda por aprender de mí mismo, de cuánto puedo seguir creciendo y mejorando. Pero, de alguna forma, siento que he ido encontrando ese equilibrio entre el performance, los sueños y la simple alegría de salir a la montaña.
Porque al final, más allá de los tiempos, las metas o el desempeño, lo que más disfruto es volver a sentirme como un niño que sale a jugar, libre y feliz, en medio de la naturaleza.

Photo: Carmen Wetzel
Le dedico estos pegues a mi querido abuelo, el Papi Lelo como le decíamos. Y agradecimiento especial a la Feña Rothmann, mi Kine y PF que me tiene en forma, sin lesiones y fresco a mis 40 años. También agradecimiento eterno a mi rucia Anja Struck por siempre aguantar mis escapes.
Después de concretar proyectos como este viene una mini pausa, para escribir y compartir con las nuevas generaciones todo lo que he aprendido en el ultimo tiempo y lo que la vida me esta regalando en este presente mágico.
Se vienen charlas y nuevos eventos con SAFE TRAILS FUN TRAILS.
Gracias a mis otras familias:
Patagonia Chile, La Sportiva, Garmin, Sea To Summit, Carpas Tribu.

Equipo utilizado
Patagonia:
Airshed Pro Pullover
R1® Air Full-Zip Hoody
Nano-Air® Light Hybrid Hoody
Wind Shield Pants
Endless Run Tights
SnowDrifter Pack 20L
La Sportiva:
La Sportiva Cyklon Cross GTX
Garmin:
Fenix 8 Amoled
InReach Mini 2