Lecciones de un viaje extraordinario:
Ventura / High Sierra / Yosemite

En algún lugar de Bishop.
Photo: Felipesh

Perspectiva: Viviendo el sueño del “dirtbag”

El viaje comenzó en Los Angeles. Felipe pasó a buscarme al aeropuerto en su casita móvil y emprendimos el camino hacia Ventura. Allí comenzaba realmente nuestra aventura.

Estábamos viviendo en una van, despertando donde queríamos, sin demasiadas preocupaciones. Bañándonos en el río, preparando café cada mañana mientras decidíamos qué pared queríamos escalar o qué montaña queríamos subir. Viviendo en un presente total, con una simpleza e intensidad absoluta.

Había algo profundamente lindo en esos días: estar presentes, con muy poco, y sentir que eso era suficiente.

Pero fue justamente ahí donde apareció la perspectiva.

Por un lado, a nuestro alrededor veía una realidad que me removía. Por el otro, eso mismo me hacía agradecer profundamente la realidad que estábamos viviendo. 

Yo había elegido estar ahí, y estaba viviendo ese sueño.

Pero a mi alrededor había personas viviendo algo que, desde afuera, podía parecer exactamente lo mismo.

Personas viviendo en sus autos, en camionetas, en lugares improvisados. Con hijos, con mascotas, con todas sus pertenencias dentro de un vehículo. Y la diferencia era enorme: para muchos de ellos, no era una elección.

El problema de la vivienda es una realidad global, pero en Estados Unidos se vuelve especialmente visible. Ver la cantidad de personas que viven en sus autos o camionetas, muchas veces no por decisión propia sino porque las circunstancias los llevaron hasta ahí, me hizo mirar nuestra propia experiencia de una manera completamente diferente.

Nosotros estábamos ahí porque queríamos.

Ellos, muchas veces, porque no tenían otra alternativa.

Y ese contraste me generaba una sensación difícil de explicar. Por un lado, una gratitud enorme por el privilegio de poder llevar esa vida, de experimentar esa libertad y esa simpleza. Pero, al mismo tiempo, una cierta tristeza al entender que esa misma imagen podía representar para otra persona una situación de necesidad, incertidumbre o falta de opciones.

La misma van que para nosotros representaba aventura, movimiento y libertad podía ser, para otra persona, el resultado de no tener un lugar al que volver.

Y quizás eso fue una de las cosas más importantes que me llevé del viaje.

Siempre he sido una persona muy determinada. Cuando tengo un objetivo, pocas cosas consiguen sacarme de foco. Sin embargo, presenciar esta realidad removía algo dentro de mí.

Era imposible permanecer indiferente frente a personas que vivían circunstancias tan distintas a las nuestras, muchas veces sin haberlas elegido. Y poder comprender todo desde esa perspectiva le daba un valor inesperado a mi viaje.

Ser testigo de esas otras realidades me hacía mirar la mía de una manera diferente. Me hacía entender, una y otra vez, que la libertad que nosotros estábamos viviendo no debía darse por sentada. Que poder elegir dónde dormir, hacia dónde ir y cómo vivir nuestros días era, en sí mismo, un privilegio, un hermoso regalo.

Y así, cada día, volvía a agradecer profundamente ese presente.

Patagonia Headquarters, Ventura.

El histórico Tin Shed de Yvon Chouinard.
Photo: Felipesh

Comencé este viaje en Ventura cumpliendo un sueño: conocer el histórico Tin Shed, el famoso galpón donde Yvon Chouinard comenzó, en 1967, a forjar y fabricar equipo de escalada. Un lugar que marcó el inicio de una historia que, años más tarde, en 1973, daría vida a Patagonia.

Tuve la fortuna de vivir un recorrido por el campus, las oficinas, lugares secretos y piezas históricas que guardan parte de esa increíble historia. Pero, sobre todo, tuve la oportunidad de conocer a su gente y descubrir cómo, después de más de 50 años, la pasión, la filosofía y los valores que Yvon inculcó desde el comienzo siguen vivos y se sienten intactos.

Tesoros en la tienda de Ventura.
Photo: Felipesh

Fue realmente inspirador poder sentir de primera mano esa pasión genuina, ese compromiso y esa forma tan especial de hacer las cosas. Conocí personas que no solo están ahí para fabricar el mejor producto posible, sino que además trabajan con la convicción de contribuir a construir una sociedad más justa, tanto social como medioambientalmente.

Una experiencia que me recordó por qué esta compañía es mucho más que una marca y que me hizo sentir profundamente orgulloso de ser parte de esta familia.

Entregándole a Damien una de mis ilustraciones que llevé enmarcada desde Chile.
Photo: Felipesh

Esta visita me dejó con una motivación enorme. Jess, Damien y todas las personas con las que me topaba en los pasillos se detenían a saludar y saber de mi y mi historia. Se tomaron el tiempo para ofrecerme un recorrido, compartiendo conmigo parte de la historia, los lugares y la cultura de Patagonia. Sentirme tan bien recibido y parte de esta familia hizo que la visita fuera aún más especial.

Tin Shed.
Photo: Felipesh

Cuando terminó la visita, salí de ahí súper feliz, inspirado y con unas ganas enormes de salir a jugar a la montaña.

El primer pegue en Bishop

Después de nuestra visita a Ventura, con Felipe nos dirigimos a Bishop para comenzar a explorar nuestros objetivos. Y, a modo de calentar motores, nos fuimos a escalar la clásica Main Line.

Main Line es una ruta de multilargos, ubicada en Pine Creek Canyon, en Eastern Sierra. Son 10 largos con un grado máximo de 10b, todos equipados con cuerdas fijas, lo que permite escalar en solitario utilizando, por ejemplo, un par de Micro Traxions.

Es una escalada de fisuras muy entretenida y fácil, perfecta para jugar con la velocidad. Esto nos sirvió mucho como entrenamiento para los proyectos de mountain running que vendrían después, ya que la mayoría tenía varias secciones de scrambling. Pero también fue una buena oportunidad para comenzar a tejer los lazos como cordada, entendiendo nuestros ritmos, afinando la comunicación y empezando a encontrar una dinámica de movimiento juntos en la montaña. Aunque la escalada era sencilla, nos permitió ir conociéndonos en terreno y entender cómo funcionábamos como equipo.

Main Line con el partner Felipe

Era mi primera vez escalando estos largos y, a modo de juego, puse el cronómetro. Felipe partió primero, ya que conocía perfectamente el terreno, mientras yo lo seguía y esperaba a que me indicara que había liberado la cuerda de cada largo para poder comenzar a escalar.

Finalmente, logré completar los 10 largos en 1 hora y 11 minutos. Nada mal para ser la primera vez y sin mucha experiencia en fisuras.

Fue un pegue muy entretenido y un buen impulso tanto en términos deportivos como anímicos.

Después de hacer los rápeles, volvimos a la van, nos bañamos en el río y salimos a correr un poco por el sector para mover las piernas antes de dormir. En la noche cocinar pizzas, hablar tonteras un rato y a dormir. 

Bear Creek Spire – 4.182 metros

El primer trail. Comenzamos el juego real.

Elegimos esta montaña porque tenía un poco de todo: senderos entre bosques, atravesaba al menos siete hermosos lagos y, en su parte final, tenía pasos de escalada junto con el summit block, un paso de escalada de 5,6 fácil, pero súper expuesto, que le daba su toque psicológico al pegue.

Salimos con la intención de intentar el Fastest Known Time, establecido por Cordis Hall en 2 horas, 56 minutos y 52 segundos para el roundtrip.

Felipe ya había hecho la montaña, así que, por supuesto, partió liderando. Y como el mono estaba fuerte y en su casa, salió como cohete. No me quedó más que intentar seguirle el ritmo.

Pero no pude.

En ese momento no sabía bien por qué. Simplemente no conseguía mantener su fuerte ritmo. Aun así, seguí a todo pulmón y piernas. Pasamos la parte de escalada, el bloque de la cumbre, abrazo, foto y pum, pa’ abajo a todo lo que dábamos.

En la cumbre del Bear Creek Spire con el patner Felipesh

En los talus, mi zapatilla derecha se sintió como una explosión. Le di a una roca con la parte externa y el sistema de sujeción Boa salió volando. La zapatilla quedó suelta, pero no me detuve, a pesar de la incomodidad de correr con ella así. Perdí flow pero continué.   

Un par de kilómetros más adelante tuve que parar para repararla. Lo logré y continué, pero sabía que estaba ralentizando a Felipe, y eso me molestaba mucho.

Lo estaba dando todo, pero no era suficiente.

Llegamos al punto de partida 30 minutos más lentos que el récord.

Me sentí profundamente decepcionado.

Cuando fracaso, suelo castigarme mucho, al punto de insultarme. Para mí, poder crecer siempre implica primero aceptar el fracaso, sin parches, sin palabras suaves. Solo así puedo pasar al siguiente paso: analizar, perdonarme, aprender y volver a intentarlo.

Derrotado.
Photo: Felipesh

Pasados los días, pude mirar las cosas desde una perspectiva menos dura conmigo mismo.

Había llegado hacía apenas cuatro días, desde el invierno de Chile al verano de California, con 30 grados de calor. Estaba durmiendo en el suelo de una van y corriendo en ese lugar por primera vez.

Viéndolo así, haber hecho ese tiempo no era tan malo considerando que era mi primer pegue.

Sin embargo, no podía evitar sentirme algo decepcionado conmigo mismo y un poco apenado por haber ralentizado a Felipe, pensando que quizás ya no era un corredor tan fuerte como creía, o como había sido algunos años atrás.

Tengo 40 años. Felipe 34. Eso también explica, de alguna forma, parte de la diferencia. Además, Felipe estaba, por decirlo de alguna manera, “jugando en casa”.

Y el mono estaba fuerte como nunca: una bestia del trail y el trepe.

Pero así fue el primer pegue.

Épico en términos de montaña, aventura y cordada, en un 4 mil hermoso, pero pésimo en términos de rendimiento.

Y tuve que aprender a lidiar con eso durante el resto del viaje.

Peak 13.360 (4.072 m) & Mount Lamarck 4.090 m

Mi primer acercamiento al Evolution Traverse

Por esos días, Felipe estaba comenzando una relación con una chica española, la ciclista profesional Sami, quien se encontraba en Francia compitiendo en un circuito de varios días por los Alpes. Felipe estaba feliz con ella, y lo más bonito es que era completamente mutuo. Se notaba la complicidad que tenían, incluso estando a miles de kilómetros de distancia. Había una conexión muy especial entre ellos y, como amigo, me hacía realmente feliz verlo así.

Desde la distancia, Felipe la acompañaba, le brindaba apoyo emocional y estaba pendiente de ella durante los momentos más duros de la carrera. Me sentía orgulloso de mi amigo. Saber que se daba el tiempo, entre todas sus cosas, para acompañar y apoyar a su chica a cualquier hora era algo muy bonito de ver.

The chilean crack master

Sin embargo, poco a poco aquello comenzó a afectar nuestros planes.

Mi estadía empezó a sentirse un poco incómoda. Felipe estaba casi completamente pendiente de Sami y salir a la montaña significaba quedarnos sin señal, lo que para él se había vuelto complicado. Así nuestros planes comenzaron a cambiar. 

Y ahí aparecía mi propia contradicción. Por un lado, me frustraba que ya no pudiéramos estar completamente enfocados en lo que habíamos planeado. Pero, por otro, me era imposible no alegrarme por él. Ver a mi amigo feliz, enamorado y viviendo una complicidad tan bonita con alguien era impagable. No quería ser yo quien interrumpiera o condicionara ese momento tan especial que estaban viviendo, aunque eso significara que yo empezara a sentirme un poco desplazado.

Seguíamos escalando, corriendo y pasando buenos momentos, pero la atención ya no estaba puesta completamente en nuestro proyecto.

Las cosas comenzaron a complicarse al punto de que empecé a buscar la posibilidad de cambiar mis pasajes para volver antes a Chile y olvidarme de nuestro proyecto. Sin embargo, al principio no le dije nada a Felipe porque lo que Sami estaba viviendo en esos días también era único, y no quería quitarles la posibilidad de disfrutarlo, a pesar de que nuestro proyecto había sido planeado desde mucho antes.

Después de unos días finalmente hablamos. Le transparenté que la situación me estaba afectando, pero también le expliqué que no quería ser yo quien le quitara esos momentos con su chica.

Así que acordamos que iríamos a darle un pegue a los dos primeros cuatro miles del Evolution Traverse. Así yo podría conocer el área y el no estaría sin señal por tantas horas, lo que le permitiría seguir apoyando a Sami. 

Salimos muy temprano, con las linternas frontales encendidas, en dirección al Peak 13.360, con la intención de intentar también el segundo cuatro mil de la travesía.

Amanecer en la High Sierra

Esta vez Felipe se animó a llevar su cámara fotográfica para hacer su arte y, de paso, aprovechar de generar material para Patagonia con el nuevo kit de Mountain Movement.

La idea era distinta al pegue anterior. Queríamos scoutear más, disfrutar más del paisaje y movernos rápido, pero sin perseguir ningún tiempo.

Para llegar a la cumbre atravesamos bosques, bordeamos lagunas y fuimos ganando altura entre técnicas morrenas graníticas.

Senderos épicos.
Photo: Felipesh

Yo seguí el track de la ruta normal. Felipe decidió desviarse por un shortcut mucho más vertical.

Continué fluyendo por unas trepadas muy entretenidas, expuestas pero fáciles. Mi línea era bastante más larga que la que había elegido Felipe, así que asumí que él llegaría primero a la cumbre.

Gozadera ganando altura.
Photo: Felipesh

Pero llegué arriba y Felipe no estaba.

Pasaron cinco minutos.

Diez.

Quince.

Y no aparecía.

Evidentemente comencé a preocuparme. Corrí en distintas direcciones buscándolo. Grité su nombre. Lo llamé una y otra vez.

Nada.

Cuando ya temía lo peor, apareció detrás de unos bloques. Tenía el rostro pálido. De inmediato comprendí que algo no había salido bien.

Felipe en la cumbre.

Me acerqué para preguntarle qué había ocurrido, pero me pidió que me alejara. Necesitaba un momento a solas.

Cinco minutos después me contó lo sucedido.

Felipe tiene enormes capacidades técnicas, físicas y mentales, y el shortcut por el que se había metido requería una escalada de fisura más difícil que la ruta normal, pero nada que estuviera fuera de sus capacidades.

Sin embargo, mientras estaba en medio de la fisura, un pie de roca se desprendió de la pared.

Por un instante quedó prácticamente colgado de una sola mano empotrada, suspendido sobre un vacío gigantesco.

Sintió el vacío y el temor. 

Pero mantuvo el control.

Y logró salir de ahí.

Desde las alturas.
Photo: Felipesh

Por la gravedad de lo ocurrido Felipe se disculpó conmigo y nos hizo cuestionarnos los planes inmediatamente. Decidimos no continuar hacia el siguiente cuatro mil y regresar tranquilos, haciendo fotos, jugando, conversando y disfrutando del día.

Si las cosas se daban, intentaríamos otro cuatro mil en el camino. Aunque este no era parte del Evolution. Pero yo, feliz, tenía ganas de correr otro cuatro mil.

Así que durante el regreso nos desviamos hacia el Mount Lamarck.

Fue un acierto.

La vista desde esa cumbre fue épica.

Hicimos fotos hermosas, nos abrazamos, nos reímos y, simplemente, disfrutamos.

Desde la cumbre del Mount Lamarck 4.090 m.
Photo: Felipesh

Después, para abajo.

De vuelta a la van.

Aquel día terminamos haciendo 30 kilómetros, 2.600 metros de desnivel, dos cuatro miles y casi diez horas de actividad.

Más que un entrenamiento o un intento por avanzar en el Evolution Traverse, fue un tremendo día en la montaña con el partner, y sobre todo lleno de aprendizajes. 

Y quizás eso era exactamente lo que necesitábamos.

Mount Agassiz – 4.236 metros

Vamos por el último 4 mil del viaje.

A esas alturas ya habíamos descartado la idea de hacer el Evolution Traverse, al menos durante este primer viaje. Por eso quisimos aprovechar los últimos días ascendiendo otro 4 mil. Esta vez elegimos el Mount Agassiz, y había un ingrediente especial: Felipe nunca lo había ascendido, así que sería un objetivo nuevo para los dos.

Que regalo correr en estos paisajes.
Photo: Felipesh

Salimos disparados. No estábamos buscando establecer ningún tiempo, pero veníamos viviendo un momento muy lindo entre los dos después de los tropiezos que habíamos tenido. Esa alegría, en vez de relajarnos, nos llenó de energía. Salimos a darlo todo, pero también con ganas de disfrutar cada metro y toda la geografía del recorrido.

El sendero, al igual que los anteriores, era un verdadero paraíso: colores, lagunas, bosques y vistas increíbles que nos acompañaron durante todo el ascenso. Lo disfrutamos de principio a fin.

Cumbre del Mount Agassiz 4.236 m.

Llegamos a la cumbre y, como de costumbre: abrazo de cumbre, foto y pa’ abajo a toda máquina. 

Finalmente llegamos de vuelta al inicio en 3 horas, 59 minutos y 45 segundos, completando el round trip.

Estábamos felices después del pegue y, sobre todo, muy contentos de haber elegido justamente esta montaña para cerrar nuestros cuatromiles del viaje. Un último gran objetivo, compartido entre los dos, para ponerle el broche perfecto a esta aventura.

Yosemite

Se acercaba el final de esta aventura, pero todavía me faltaba algo

El Capitán.

Hace unos ocho años había llegado por primera vez a Yosemite manejando completamente solo, en un roadtrip desde el estado de Florida que me llevó a cruzar prácticamente todo Estados Unidos en una vieja van de 1998.

Por aquellos días estaba atravesando una depresión profunda y había decidido hacer ese viaje como una forma de autodescubrimiento. No tenía muy claro qué estaba buscando. Quizás necesitaba escapar. Quizás necesitaba encontrarme. O quizás simplemente necesitaba poner tantos kilómetros como pudiera entre mi cabeza y todo aquello que no me permitía encontrar paz y avanzar en la vida. 

Fue un viaje de altos y bajos, de momentos de una felicidad enorme y otros de una tristeza muy profunda. Pero, de alguna manera, todo ese camino me ayudó a conocerme un poco más. A entender algunas cosas sobre mí, a aceptar otras y, sobre todo, a empezar a descubrir quién quería ser.

Así llegué aquella vez a Yosemite.

Viviendo en la vieja Dodge de 1998

Venía cargado de conflictos internos y, de pronto, aparecieron frente a mí esas paredes gigantescas. Que inmediatamente me hicieron sentir vulnerable y recuerdo lo que sentí: me quebré por completo. 

Yosemite tiene esa capacidad de hacerte sentir diminuto. Las paredes de granito parecían no terminar nunca y yo estaba ahí, solo, tratando de ordenar una vida que por dentro sentía completamente desordenada.

Aquella vez salí a caminar por el Valle, pero no tuve la oportunidad de escalar ni de correr por sus senderos. Y quizás por eso, ocho años después, volver tenía un significado especial.

Aquella vez, en el trayecto, trepando en Flat Irons.

Esta vez estaba llegando en una forma completamente diferente. Yo había cambiado. Había aprendido a convivir con muchas cosas que antes me parecían imposibles y ahora mi vida tenía un rumbo, un propósito después de todo lo vivido durante estos años. 

Quería escalar esas paredes. Y qué mejor que hacerlo junto a Felipe, quien es prácticamente un local del Valle.

Visitar el Valle no estaba en los planes, pero apenas se lo planteé al partner, me dijo vamos !

Así partimos rumbo a Yosemite.

Había, además, una razón bastante menos poética para volver al Valle: necesitábamos una ducha urgente. Llevábamos más de una semana bañándonos en el río y, para ser completamente honestos, ya apestábamos bastante. Después de tantos días viviendo de manera bastante rudimentaria, una ducha caliente se había convertido en un verdadero lujo.

Pero apenas llegamos, no fuimos a ducharnos.

Fuimos a escalar a un hermoso domo.

Era mi primera vez escalando sobre el famoso granito de Yosemite, y la experiencia fue increíble. Mientras escalaba, no podía dejar de pensar que, ocho años antes, había estado prácticamente en el mismo lugar, mirando esas mismas paredes desde abajo. Era difícil no sentir la magnitud de ese momento.

Ilustrando

Esa tarde, en Yosemite, comencé a sentir el poder mágico de ese lugar. Fue como si mi caparazón se rompiera y me volviera especialmente vulnerable. La vibra del lugar, el color del cielo, la textura de las rocas, el agua corriendo, todo me hacía sentir profundamente emocional. Mientras sentía todo eso, reflexionaba y escribía sobre las cosas que habían sucedido durante el viaje.

En ese momento, Felipe me preguntó si todo estaba bien. Y aunque me puse a llorar, la verdad es que sí: todo estaba bien. Creo que lloraba de orgullo y de felicidad. De orgullo por quienes éramos y por la forma en que habíamos sido capaces de sobrellevar, con madurez, los tropiezos y las diferencias que habían aparecido durante el viaje.

Nos sentamos al lado del río y conversamos como dos hermanos que se quieren, se respetan y se admiran. Y ese momento, tan simple y tan genuino, fue profundamente lindo y valioso.

Después sí fuimos por nuestra merecida ducha. Y se sintió como un premio. Uno de esos pequeños lujos que, después de una semana viviendo entre río, magnesio, sudor y roca, adquieren un valor completamente distinto.

Necesitaba una ducha urgente

Cenamos y nos dormimos.

Al día siguiente partimos hacia Camp 4.

Camp 4 no es simplemente un camping. Para la historia de la escalada en Yosemite es casi un lugar de peregrinación. En ese pequeño camp se desarrolló la escalada moderna en Estados Unidos: ahí se entrenaba, se compartían técnicas, se planificaban ascensos y se reunían algunos de los escaladores que terminarían cambiando para siempre la manera de subir las grandes paredes. El lugar fue incorporado al National Register of Historic Places en 2003 precisamente por su importancia en la historia de la escalada.

Y ahí estaba yo, caminando entre las carpas y los boulders, acompañado por mi hermano Felipe.

El mítico Boulder Midnight Lightning

Me hizo un verdadero tour de cómo sobrevivir como dirtbag en Yosemite: café gratis, wifi gratis y todos esos pequeños secretos que probablemente solo conoce alguien que ha pasado suficiente tiempo viviendo en el Valle.

Felipe patas pa´arriba en Camp 4.

Me encantó esa parte.

Porque, de alguna manera, el espíritu de Camp 4 sigue siendo exactamente eso: encontrar la manera de vivir con poco para poder dedicar más tiempo a aquello que realmente importa.

Nosotros tuvimos una versión mucho más cómoda de aquella vida, por supuesto, pero durante un par de días pudimos sentir un poquito de ese espíritu.

Vivimos un día tranquilo. Corrimos por el Valle, descansamos, conversamos y nos preparamos para una última escalada.

Y entonces llegó uno de esos momentos que, incluso mientras los estás viviendo, sabes que algún día vas a recordar con enorme cariño.

Felipe liderando.

La Salathé Wall.

El Capitan se levanta unos 900 metros sobre el piso del Valle, y sus paredes de granito fueron uno de los grandes laboratorios donde nació y evolucionó la escalada de grandes paredes. La ruta que lleva el nombre de John Salathé representa además una parte fundamental de esa historia: Salathé fue uno de los pioneros que desarrollaron técnicas y herramientas específicamente para enfrentarse al granito vertical de Yosemite.

Nosotros no íbamos a hacer la ruta completa. Pero hicimos un par de largos de la Free Rider.

Para alguien que simplemente estaba cumpliendo el sueño de tocar esas paredes, era más que suficiente.

Mientras subía, pensaba en todo lo que había pasado desde aquella primera visita.

Pensaba en aquel tipo que había llegado ocho años antes en una van vieja, cruzando Estados Unidos solo y tratando desesperadamente de entender qué hacer con su vida.

Pensaba en todas las cosas que habían ocurrido desde entonces. Las personas que aparecieron y desaparecieron, los lugares, las decisiones, las pérdidas, los aprendizajes, las veces que pensé que no iba a poder y las veces que, de alguna manera, seguí avanzando.

Y ahora estaba ahí.

Con una cuerda, las manos sobre el granito y con Felipe como partner. No podía imaginar un lugar mejor para cerrar este viaje. 

Feliz

Había reído

Había llorado

Había corrido muchas montañas

Había escalado muchas paredes

Había aprendido valiosas lecciones de vida

Photo: Felipesh

Finalmente volví a casa una semana antes;

Sami fue la primera mujer en cruzar la meta en su carrera.

Felipe volvió al Evolution Traverse y completó la travesía en menos de 24 horas.

Yo hice mi primer bike & climb en el día pedaleando desde casa hasta Yerba Loca, escalando el Canalon Sureste del Manchon y de vuelta a casa. Y como un juego anecdótico, unos días después quedé a 54 segundos del record de descenso del Pochoco. 

Y ahora preparando una nueva expedición, esta vez navegando desde Valdivia hasta Antarctica. 

Photo: Felipesh

Agradecimientos especiales: 

Patagonia Chile y al mejor equipo, Benja Carvallo y Serkan Devlen.

Jess Rogers, Damien Etchaubard y a toda la familia de Patagonia Estados Unidos por el hermoso recibimiento en Ventura. 

Felipe por ser el partner que es y por ser el mejor cocinero de Pizzas de California.

Mi rucia Anja Struck por aguantar y apoyar mis escapes.

La Sportiva, Sea To Summit.