Una historia sobre depresión, arte y montañas.

Photo: Matt Maynard
Recuerdo como si fuera ayer. Cuando estaba en el colegio, era bueno para dos cosas: dibujar y llevarle la contra a mis profesores.
Hoy con bastantes más años de vida, creo que recién empiezo a entender de dónde venían ambas cosas.
Llevarle la contra a mis profesores no era simplemente rebeldía. Creo que, desde muy temprano, y hasta el día de hoy, siempre me ha disgustado la autoridad, las jerarquías y esas posiciones de poder que parecen decirte quién está arriba y quién debe obedecer.
Y después estaba el dibujo.
Desde pequeño sentía que no encajaba del todo en ningún lugar, dibujar se convirtió, sin que yo lo supiera, en una manera de construir mi propio lugar.

Photo: Matt Maynard
Y tal vez ahí comenzó todo.
El colegio fue, sin duda, la peor época de mi vida. No importa cuánto tiempo pase ni cuánto reflexione sobre aquellos años buscando algún aprendizaje; sinceramente, no lo encuentro. Y lo digo sin suavizarlo: fue una época horrible.
Aunque hoy puedo hablar de ese periodo incluso con una sonrisa, eso no cambia lo que significó para mí en aquel momento.
Lo bueno es que no guardo rencor, mucho menos odio, hacia nadie. Supongo que mis profesores hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían. Ser profesor nunca ha sido fácil; no lo fue antes, no lo es hoy y probablemente tampoco lo será en el futuro. Educar es una labor hermosa, pero también tremendamente compleja.
Me iba tan mal en las materias tradicionales que siempre estuve al borde de repetir y de la expulsión, hasta que en tercero medio se dieron las condiciones para que ello ocurriera. Y no porque tuviera un mal comportamiento, sino porque las buenas calificaciones no eran lo mío.
La directiva del colegio no solo decidió expulsarme, sin darme la posibilidad de repetir el curso en el mismo establecimiento, sino que además me negó la gira de estudios con mis compañeros de toda la vida.
En aquel momento, la verdad, no me importó demasiado. Tampoco sentí que me afectara. Al contrario: solo quería irme de ahí.
Hoy, con más madurez y distancia, me cuesta entender las razones detrás de aquellas decisiones. Según ellos, hacerme repetir, expulsarme y negarme la gira de estudios era una forma de enseñarme una lección.
Había repetido un curso en plena adolescencia, estaba viviendo la separación de mis padres y, además, atravesaba una depresión que en ese momento ni siquiera era capaz de reconocer completamente.

Y quizás eso sea lo que más me cuesta entender cuando miro hacia atrás.
Yo no sabía qué me estaba pasando. No tenía las herramientas para ponerle nombre a lo que sentía, ni mucho menos para explicárselo a alguien. Solo sabía que algo dentro de mí no estaba bien.
Era un adolescente que estaba teniendo dificultades para encajar en un lugar donde prácticamente todo parecía medir cuánto valías según tu capacidad para cumplir determinadas reglas.
Y yo no cumplía esas reglas.
Hasta el día de hoy sigo sin entender cuál fue la enseñanza de aquella lección que me dieron en el colegio. No la vi entonces y tampoco la encuentro ahora.
Quizás porque la verdadera lección no vino de ahí.
Llegó muchos años después de manera mágica y distinta.

EL COLOR DE LAS COSAS
Mis primeros recuerdos de cuando dibujaba se remontan a cuando era pequeño. Detestaba que me dijeran que tenía que pintar el mar azul, el sol amarillo y el pasto verde.
Así que, como me gustaba llevar la contra, pintaba con el corazón: con los colores que me nacían desde adentro.
A pesar de lo mal que me iba en prácticamente todo en el colegio, había una excepción: las clases de arte. De hecho, el colegio solía enviarme a los clásicos concursos regionales de pintura que se realizaban durante el Mes del Mar.
Podría haber sido una especie de reconocimiento a mi talento. Pero yo odiaba asistir.
Me obligaban a pintar frente a decenas de personas, en un momento determinado, sobre una temática determinada y, muchas veces, con colores determinados.
Como era el Mes del Mar, obviamente los colores que te entregaban eran: azul para el mar, amarillo para el sol, blanco y negro, y con eso te las arreglabas.
Yo detestaba aquella situación.
Para mí, ilustrar siempre ha sido algo mucho más íntimo. Es una mezcla de meditación y catarsis; una manera de expresar lo que siento y transformar emociones y experiencias en algo que pueda ver frente a mí.
Aquellos concursos eran exactamente lo contrario.
Por eso, aunque el colegio reconociera que tenía cierta habilidad para el dibujo, nunca sentí que realmente entendieran lo que el arte significaba para mí.
Y, quizás sin saberlo, tampoco entendían algo más profundo: que para mí crear siempre había sido una forma de libertad.

Photo: Machu
VOLVER A CREAR
Pasaron los años.
En 2019, cuando estaba más obsesionado que nunca con la escalada, deporte que por cierto cambio mi vida, decidí retomar el arte y comenzar a hacer humildes bosquejos. Quizás no tenía demasiado talento, pero esos bosquejos me daban algo que en ese momento necesitaba mucho: libertad y un lugar al que sí sentía que pertenecía.

Aquí Mayan Smith-Gobat en Riders On The Storm, Torre Central, Torres del Paine.



No había profesores.
No había notas.
No había concursos.
Nadie me decía qué debía pintar ni qué colores tenía que utilizar.
Simplemente dibujaba.
Y quizás ahí comenzó algo mucho más importante que mi regreso al arte.
Durante mucho tiempo había sentido que no encajaba. En el colegio, esa sensación había estado acompañada por frustración, rabia y una depresión que entonces no sabía comprender. Con los años, había aprendido a seguir adelante, pero eso no significaba que todas esas sensaciones hubieran desaparecido.
Cuando comencé a dibujar nuevamente, descubrí que podía sentarme frente a una hoja y simplemente estar ahí. Sobre todo si dibujaba montañas.

Sin tener que demostrar nada.
Sin tener que ser bueno.
Sin tener que cumplir con las expectativas de nadie.
Dibujar no solucionó mágicamente todo lo que me había pasado, ni convirtió mi vida en algo perfecto. Pero me dio un espacio donde podía escucharme, y la escalada por su parte me dio un lugar al que por fin si sentía que pertenecía.
Y eso, para mí, fue enorme.
Así comencé a viajar, a escalar, a ir de expediciones y a pasar cada vez más tiempo afuera: en la roca, en las montañas, en el hielo, en las praderas.

Estar ahí, rodeado de esos paisajes, me dio una fuente de inspiración inconmensurable.
Comencé a llenar cuadernos con pequeños bosquejos de todo aquello que veía y sentía durante esas escaladas, expediciones y proyectos deportivos.

Eran dibujos sencillos, muchas veces hechos en cualquier lugar y en cualquier momento, pero me daban un placer enorme.
Poco a poco, esos pequeños bosquejos comenzaron a darme algo que durante muchos años había tenido muy poco: autoconfianza.
Cada dibujo terminado era una pequeña confirmación de que quizás sí podía hacerlo.
Y esa confianza fue creciendo.
LA PRIMERA «CUMBRE»
Un año después de haber retomado el dibujar y haber decidido tomarme el arte un poco más enserio, conseguí realizar mi primera exposición en una tienda Patagonia.

Photo: Machu
Todavía me cuesta dimensionar lo que significó aquel pequeño acontecimiento.
Años atrás había sido el cabro que parecìa no tener futuro.
Y ahora estaba ahí, viendo mis propios dibujos expuestos en una tienda Patagonia.

Photo: Machu
Sin saberlo, estaba viviendo un sueño.

Tienda Patagonia La Dehesa.
Nombré la colección de seis ilustraciones Patagonia de los sueños en acuarela, porque cada una correspondía a una montaña o paisaje de la Patagonia chilena y argentina; lugares con los que tenía una conexión emocional por haberlos recorrido, escalado o caminado a lo largo de los años.






Quizás lo más bonito de todo es que nadie me había pedido que pintara.
Nadie me había dicho qué tema elegir, qué colores usar ni cómo debía hacerlo.
Esta vez, simplemente, estaba pintando lo que nacía de mí.
Y por primera vez sentí algo que durante mucho tiempo me había costado sentir: que podía hacer algo bien sin tener que convertirme en otra persona para conseguirlo.
La exposición fue importante, pero mirando hacia atrás creo que el proceso fue mucho más significativo.

Photo: Matt Maynard
Pasé incontables horas revisando mis bitácoras, recordando, sintiendo y pintando una y otra vez desde la emoción y la memoria.



Photo: Matt Maynard


Cada dibujo era una pequeña conversación conmigo mismo.
Algunos recuerdos eran felices. Otros no tanto.
Y mientras pintaba, empecé a entender que quizás el arte no estaba ahí para borrar las partes difíciles de mi historia, sino para darles un lugar.
SER QUIEN ERES
Nunca estudié arte.
No conozco las reglas, las teorías sobre combinación de colores ni las técnicas de perspectiva. Nunca aprendí a pintar siguiendo fórmulas.
Pero entendí que quizás no necesitaba hacerlo.
Quizás no necesitaba saber todas esas cosas para expresar lo que llevaba dentro.
Solo necesitaba seguir sintiendo, observando y dibujando desde el corazón.
Y aquello fue tremendamente revelador.
Porque asumir quién realmente eres siempre es, de alguna manera, liberador.

Photo: Matt Maynard
Quería seguir escalando.
Quería seguir pasando tiempo allá afuera.
Quería salir a explorar, conocer montañas, recorrerlas, equivocarme, sentir miedo, cansancio, frío y felicidad.
Y quería volver a casa con esas experiencias dentro de mí para transformarlas, de manera natural, en dibujos.

Mi espacio para crear.
Photo: Matt Maynard
EL CÍRCULO
Hoy el arte, para mí, forma parte de algo tremendamente mágico.
Cada proyecto deportivo comienza y termina en mi bitácora.
Todo comienza con un sueño: una montaña que quiero conocer, una ruta que quiero escalar o una travesía que imagino durante mucho tiempo.
Después viene el momento de vivirlo.
Estar ahí afuera.
Sentir el frío, el cansancio, la incertidumbre y también esa felicidad difícil de explicar que aparece cuando uno sabe que está exactamente donde quiere estar.

Photo: Carmen Wetzel
Y finalmente regreso.
Abro mi bitácora.
Y todo aquello que viví encuentra una nueva forma de existir a través de un dibujo acompañado de un escrito.

De experiencias como esta nacen bosquejos e ilustraciones como la siguiente.

Bosquejo de esa experiencia escalando en el Paine.
Ahí entendí algo que quizás me habría gustado comprender cuando tenía 17 años.
Durante mucho tiempo pensé que mi problema era no encajar.
Que había algo malo en mí porque no funcionaba dentro de las estructuras que otros habían construido.
Pero necesitaba aceptarme y encontrar mi propia forma de hacer las cosas.
La depresión fue uno de los valles más profundos de mi vida. El colegio fue otro.
Y durante mucho tiempo pensé que esas experiencias eran simplemente partes de mi historia que preferiría olvidar.
Hoy no.
No porque agradezca haber sufrido, ni porque crea que todo ocurre por alguna razón.
Sino porque aprendí que una vida no se construye solamente en las cumbres.
También se construye en los valles.

Photo: Carmen Wetzel
En esos lugares donde uno no siempre sabe hacia dónde va, donde todo parece detenido y donde, muchas veces, lo único que puedes hacer es seguir avanzando.
La escalada me enseñó a mirar hacia arriba.
El arte me enseñó a mirar hacia adentro.
Y las montañas me enseñaron que ambas cosas pueden ocurrir al mismo tiempo.

Photo: Machu
Hoy puedo mirar hacia atrás y ver al niño que pintaba el mar de cualquier color, al adolescente que no entendía qué le estaba pasando, al joven que encontró refugio en las montañas y al adulto que finalmente descubrió que no necesitaba encajar en ningún lugar para construir una vida que tuviera sentido.

Quizás esa fue la lección que nunca encontré en el colegio.
No necesitaba aprender a pintar el mar azul.

Necesitaba descubrir de qué color era mi propio mar.

Photo: Carmen Wetzel
Y, después de tantos años, creo que finalmente lo descubrí. Simplemente quería que ser libre y poder hacer mi arte, en el papel y en las montañas.
Hoy dibujo, escalo, corro, libre, vivo simple y soy más feliz que la ctm.
Gracias a quienes son parte de mi vida, familia, amigos, marcas y a mi rucia.